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COMUNICADO 6

LOS CRIMINALES TIENEN NOMBRE, Y QUIENES LOS ENCUBREN TAMBIÉN


A los estudiantes, a los maestros y a los trabajadores
Hermanas y hermanos mexicanos:


Hace treinta años, en esta fecha, en esta plaza, cientos de mexicanos fueron asesinados. Eran jóvenes, eran estudiantes, querían democracia.

Sus verdugos fueron hombres de verde, hombres que dicen defender a la patria y defienden a un gobierno que ordena asesinar a lo más valioso de la patria: sus jóvenes, sus esperanzas, sus ideales. Los verdugos Iban armados con tanques y ametralladoras; los jóvenes solamente contaban con el arma de su palabra y la fuerza de su ejemplo.

Los que dieron las órdenes estaban en Los Pinos y se hacían llamar Presidente de la República, Secretario de Gobernación, representantes del pueblo, de ese mismo pueblo al que mandaron asesinar.

Los que encubrieron el crimen estaban ahí, también en el gobierno, en los cuerpos policiacos, en los juzgados, en fin, eran funcionarios que desde sus oficinas veían con odio a quienes en las calles con gritos, con cantos y con silencio pedían el cambio que ya desde entonces hacía falta en nuestra patria. Estaban también en un partido que se mantenía el poder desde hacía tanto tiempo que parecía eterno.

Los que murieron eran estudiantes, hombres y mujeres jóvenes que aprendían en las escuelas y salieron a las calles a enseñar lo que sabían. Que aprendían la historia y quisieron hacerla. Que aprendían sobre democracia y quisieron conquistarla. Que aprendieron aquí, en las calles, cosas nuevas, que en las aulas no pueden enseñarse, como la fuerza de la unión, la fuerza del andar para mostrar el descontento, la fuerza de los gritos y los cantos y la fuerza del silencio, que a veces dice más que las palabras.

¡Conjura internacional! dijo el gobierno, ¡conjura internacional! repitieron sus voceros para desvirtuar al movimiento, para ocultar que sólo los más nobles ideales impulsaban a los cientos de miles de muchachos y muchachas, a sus padres y maestros, a los mexicanos que acudían a las marchas esperanzados en lograr así, pacíficamente, solución a las demandas estudiantiles y que en el transcurso de la lucha fueron comprendiendo que lo que se necesitaba era el cambio democrático.

Pero sí hubo una conjura, pero no del lado del movimiento estudiantil, sino del lado del gobierno, que planificó con sangre fría la masacre y que unificó a las fuerzas gobiernistas para enfrentar unidos el reto estudiantil, el reto democrático; que ordenó a los vendidos de siempre que se hicieran eco de las calumnias contra el movimiento; que impartió a los policías y soldados la orden criminal de disparar contra hombres y mujeres desarmados; que vigiló que jueces venales juzgaran y condenaran a los inocentes y exoneraran a los culpables.

Al clamor de democracia se le opuso el autoritarismo de un régimen que no aceptaba ser cuestionado, a la lucha de las ideas se le respondió con la fuerza de las armas, a la exigencia de justicia se respondió con la injusticia del asesinato masivo, a la lucha dentro de los cauces de la ley se respondió con la formación y la acción del criminal Batallón Olimpia.

Así, ese 2 de octubre, todos aprendimos que no había justicia en México.

El gobierno quiso, con el crimen, dar una lección a los estudiantes, al pueblo, para que nunca más lucharan, para que nunca más alzaran la voz, para que nunca más se atrevieran a impulsar, desde abajo, lo que desde arriba se niega. Para que abandonaran su sueño de democracia, largamente pensado, ansiosamente buscado.

Y si bien momentáneamente los tanques y las balas parecieron lograr su empeño y los gritos en las calles y la lucha abierta en las escuelas aminoraron durante un tiempo, no detuvieron la lucha, porque no puede contenerse a un pueblo con el crimen, ni detener la historia con la fuerza. Porque la lección que querían dar fue sustituida por otra, por una lección que aprendieron muchos jóvenes que a partir de ese momento buscaron nuevos senderos para lograr lo que en aquel momento no pudo conquistarse. El miedo paralizante que querían provocar se transformó en indignación que moviliza.

Cientos de jóvenes masacrados, cientos de hogares enlutados, la sociedad herida profundamente. Eso es el 2 de octubre de 1968. Y a 30 años de aquella masacre nadie olvida lo que aquí pasó. No lo olvidan los que aquí estuvieron, no lo olvidan las familias y amigos de quienes no volvieron a sus casas a partir de ese día, no lo olvidan los que vivieron el movimiento como algo propio, no lo olvidan los que estaban lejos y fueron espectadores, no lo olvidan tampoco quienes aún no nacían, pero que se encuentran hoy en este mismo lugar, exigiendo las mismas demandas, luchando de la misma forma. Por eso los mártires del 68 no están muertos ¡viven en los jóvenes de hoy!

En todos estos años hemos visto a Diaz Ordaz, a Echeverría y a García Barragán referirse a la masacre sin ningún remordimiento, mostrando que en la política hay también "Danieles Arizmendi" que no sienten ningún arrepentimiento aún cuando cientos de cadáveres se encuentren bajo sus pies. Así son los hombres del sistema porque el sistema así los ha hecho, porque ellos han hecho el sistema, porque ellos son el sistema.

Así son y se protegen uno al otro, por eso hoy quieren evitar que se conozca la verdad, quizá porque los de hoy saben que ellos hubieran hecho lo mismo que los asesinos de entonces, quizá porque no vacilarán en hacerlo hoy si lo consideran necesario. Son sus herederos, son iguales a ellos y en sus ojos se puede percibir el mismo miedo a la lucha popular que hace 30 años movió a sus antecesores a realizar la masacre.

Sí, tienen miedo porque la lucha popular no terminó con la masacre. Sienten el mismo temor porque cuando se asoman a sus balcones ven que ahora, otros estudiantes, otros jóvenes, otros mexicanos como aquellos cuya vida segaron, gritan, igual que ayer: ¡gobierno asesino! Porque aunque han pasado ya 30 años, los muertos de entonces, reencarnan hoy en cada uno de los que toman las calles para recordar a los que entonces cayeron para levantarse por siempre. Porque en la lucha que se libra hoy por la democracia ocupan un lugar destacado muchos de los sobrevivientes de Tlatelolco, ahora con los nuevos bríos que les da la participación de todo el pueblo en la lucha por el cambio. Porque en los ejércitos revolucionarios se encuentran hombres y mujeres que ingresaron a la lucha armada al entender, a partir de 1968, que se habían cerrado los caminos pacíficos y se había abierto el camino de las armas y que hoy luchan en todas las formas posibles. Porque en los ejércitos revolucionarios que hoy existen tienen su lugar los estudiantes. Porque en la solidaridad con el pueblo hoy participan jóvenes provenientes del movimiento estudiantil que, como Ricardo Zavala Tapia, caído en el Charco, acuden al pueblo pobre para enseñar, pero también para aprender.

Y es que hoy, como hace 30 años, la lucha sigue y cada quien la continúa desde su espacio, cada quien desde su lugar; unos en las escuelas, otros en las fábricas, en el campo, en las colonias, otros más en la sierra. Sí, la lucha sigue y es a ustedes, los jóvenes de hoy a quienes les toca luchar aquí y ahora, a quienes les toca defender a su pueblo y a su país.

El 68 nos marcó para siempre a los mexicanos y pese a que haya quienes digan que ya es hora de olvidar, nosotros decimos que no queremos ni podemos olvidar, porque el movimiento estudiantil de 1968 es parte de la historia del pueblo y porque ese pasado está en nuestro presente; porque cuando el cansancio amenaza hacer mella en la voluntad, cuando cuesta trabajo dar un paso hacia adelante por lo empinado de la cuesta y se siente que el peso de la mochila aumenta, cuando el gobierno habla de que es hora de que los ejércitos revolucionarios dejemos las armas y habla de diálogo y nos ofrece garantías, en esos momentos la imagen del 2 de octubre viene a nuestra cabeza y nos dice que ¡nunca más el pueblo deberá estar desarmado!

¿Por qué habríamos de olvidar esa lección que costó cientos de vidas? Por qué habríamos de dejar de exigir que se conozca la verdad?

Hubo un crimen y hubo criminales.

Aún cuando hombres concretos dieron las órdenes, eran hombres del sistema, de un régimen que, quiéralo o no, comparte la responsabilidad, si no penal, cuando menos moral, porque los protegió y los protege todavía.

Crímenes como ese se siguen cometiendo hoy en nuestra patria y los cometen las mismas instituciones. ¿Quién asesina hoy en Chiapas y en Guerrero como ayer lo hizo en Tlatelolco? ¿Quién entrenó y armó a los paramilitares de Acteal? ¿quién ordenó Aguas Blancas? ¿Quién disparó contra indígenas en El Charco y en El Bosque?. "Son los federales", "son los ejércitos", "es el gobierno" nos dirán los sobrevivientes, los testigos, que han sentido el terror de estar en la mira de los fusiles como lo estuvieron los estudiantes el 2 de octubre.

Cuando hoy recordamos que hace treinta años este suelo se cubrió de sangre, pasado y presente se unen en un solo recuerdo, y surge un anhelo para el futuro: que no se sigan tiñendo con sangre otros jirones de la patria para acribillar la esperanza. ¡Los culpables merecen castigo!.

¡2 de octubre no se olvida!

¡CON EL PODER POPULAR, EL PUEBLO UNIDO VENCERÁ!

Por la Dirección Nacional del
Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente.

Comandante Insurgente Antonio.
Coronel Aurora

República Mexicana a 1 de octubre de 1998

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